Patriarca de Occidente (San Benito de Nursia)


Patrón de Europa

Una época de decadencia
El 4 de septiembre del año 476 es la fecha del fin del Imperio Romano de Occidente. En ese día, Odoacro, rey de los hérulos, depuso al emperador Rómulo Augústulo. El siglo IV, y especialmente el último cuarto del siglo, estuvo marcado por la decadencia de la refinada cultura romana, con indudables síntomas de descomposición, de podredumbre. El Imperio de Occidente, podrido en sus raíces, se había derrumbado. Era el final de una civilización, de una cultura.
Muchas y variadas fueron las causas de la ruina del Imperio, pero, sobre todo, está la pérdida de unos ideales y de unas virtudes que habían constituido el armazón, la sustancia misma del Imperio Romano; pérdida que había conducido al debilitamiento del principio de autoridad, a la corrupción de las costumbres, a la disolución de la unidad familiar, a la proliferación del adulterio, del divorcio, del infanticidio y del aborto, y, como consecuencia de todo ello, a un descenso vertiginoso de la natalidad.
En medio de aquel mundo en crisis de valores humanos, el Cristianismo procuraba insuflar un poco de vida en aquella sociedad enferma de muerte, pero no consiguió detener el proceso de desmoronamiento. Es más, algunos cristianos empezaron a contagiarse de la infección pagana que aún perduraba en una parte de la sociedad romana. Bastantes -incluso sacerdotes- ya no vivían su fe con el vigor y la fortaleza de los siglos anteriores. Para colmo de males, las herejías, los cismas y las disputas habían introducido divisiones, desorientaciones y dudas entre numerosos cristianos.
En este marco histórico emerge la figura de san Benito de Nursia, un auténtico animador de un mundo en crisis de fe, que supo proyectar sobre la existencia humana y la sociedad de su tiempo la luz y la esperanza del Evangelio. Rodeado de un caos de acontecimientos, de una vorágine de pasiones; testigo de las grandes convulsiones políticas y religiosas que se desarrollaron en Italia, Benito intentó poner remedio a los males de su época.

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El lugar de nacimiento
En el año 480 Benito nace bajo el alegre cielo de la Umbría, en una ciudad cercana a las estribaciones de los Apeninos llamada Nursia. De muy antiguo fue una ciudad fuerte con sus gruesas murallas, y en ella vieron la luz igualmente Vespasiano, Marcial y Sertorio. Tenían fama los habitantes de Nursia por la reciedumbre de su temple, por ser muy amantes de la libertad y por su valor inquebrantable en defensa de sus derechos.
Los padres de Benito eran Eupropio y Abundancia, pertenecientes a la ilustre familia de los Anicio. El matrimonio sólo tuvo dos hijos: Benito y su hermana melliza Escolástica. Pocos seres se han amado tanto como estos dos santos hermanos, según se refleja en el coloquio que ambos mantuvieron pocos días antes de la muerte de ella. Un gran número de domésticos servía en la casa, entre ellos la nodriza de Benito, Cirila, que llegó a ser para él como una segunda madre.
El Cristianismo había llegado a Nursia en el siglo III a través del obispo de Foligno, san Feliciano. Y como si los Apeninos con sus altas cumbres les hubiesen aislado de la corrupción de las grandes ciudades, los cristianos de Nursia, después de haber recibido la semilla del Evangelio, la supieron conservar y hacerla fructificar de la mejor manera. Por toda la región había florecido la vida monástica, y en los años de la infancia de Benito eran muy conocidos dos santos monjes: Eutiquio y Florencio, así como el abad Spes de un monasterio cercano. Este ambiente cristiano contribuyó a impregnar de piedad la niñez de Benito, que en el año 495, recibió juntamente con su hermana Escolástica los sacramentos del Baustimo y de la Confirmación de manos de Esteban, obispo de Nursia.
Estudios en Roma
El factor más importante de la educación cristiana de Benito fue su propia familia. Sus padres no habían perdonado medios para que su hijo creciese en la piedad, además de facilitarle cuanto estaba a su alcance para que aprovechase en los estudios. Después de haber finalizado en Nursia la educación elemental -el Magister primus, que enseña a leer y a escribir-, Benito fue enviado a Roma para hacer el Grammaticus, que explica las bellas letras: la Retórica constituía el fondo de esta enseñanza. Y en la escuela romana aprendió la elocuencia que enseñaba a hablar y a persuadir.
No tenía Benito más que veinte años cuando llegó a Roma acompañado por su fiel nodriza Cirila. La capital del antiguo Imperio aún conservaba parte de su grandeza. Odoacro había sido asesinado en el 493 por un nuevo invasor, Teodorico, rey de los ostrogodos, bajo cuyo reinado tuvo lugar la estancia de Benito en Roma. Precisamente en el año de su llegada -el 500- Teodorico, que tenía su residencia en Rávena, decidió trasladarse a Roma. Benito fue testigo de la entrada triunfal del rey ostrogodo en la Ciudad Eterna. El Papa -san Símaco-, el Senado y el clero entero salieron a su encuentro con pompa extraordinaria. Teodorico, aunque arriano, deseoso de captarse las simpatías de la muchedumbre, fue a postrarse ante la tumba de san Pedro, y, después en el Foro, arengó al pueblo prometiendo respetar sus derechos y leyes. En esta ocasión pudo conocer Benito el esplendor del mundo, al que muy pronto habría de renunciar.
También en Roma pudo observar la turbulenta situación por la que pasaba la Iglesia. Hacía dos años que había muerto el papa Anastasio II, y con motivo de la elección de su sucesor, surgió un cisma. En la basílica liberiana (Santa María la Mayor) parte del clero de Roma y una mayoría de senadores aclamaron al presbítero Lorenzo, del título de Santa Práxedes, como nuevo obispo de la Urbe. Pero al mismo tiempo, en Letrán, una asamblea más numerosa elegía al diácono Símaco para suceder al difunto Anastasio II. Este cisma duró tres años, en los que hubo una verdadera guerra entre los partidarios de Símaco y de Lorenzo.
La estancia de Benito en Roma duró el tiempo suficiente para adquirir una buena cultura, sobre todo en las ciencias sagradas, Sagrada Escritura y literatura patrística y monástica. Pero no terminó los estudios. El espectáculo inmoral de  Roma, que, aunque hacía ya un siglo que había abrazado oficialmente el cristianismo, era todavía pagana en sus costumbres, le produjo tal disgusto que decidió retirarse a la soledad. En medio de este ambiente, sintió un deseo imperioso de dejar el mundo para dedicarse al servicio de Dios. Según cuenta su biógrafo san Gregorio I Magno: Como viese a muchos de sus compañeros precipitarse por la sima del vicio, temiendo para sí lo que veía en los demás, determinó retirar del mundo el pie que apenas había puesto.

En cuanto a los peligros que corrían en Roma los jóvenes en los años inmediatamente anteriores de la llegada de Benito, san Paulino de Nola, escribiendo a Lucencio, que había tenido de maestro de retórica a san Agustín, le dice: Roma hoy día, ¡ay!, es mala consejera, capaz de derribar a los más robustos. Pero hijo mío, yo te lo suplico, ten siempre delante de los ojos al Padre Agustín en medio de la corrupción de la ciudad; pensando en él, franquearás sano y salvo los mil peligros de esta vida frágil.

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Vida eremítica
A Roma llegaban noticias sobre las austeridades a que se sometían muchos cristianos en los desiertos de Egipto y de Palestina. De la Urbe y de otras partes de Occidente salían caravanas para presenciar tales hechos, que eran difundidos por los que regresaban. Benito, conocedor de estas noticias, se decidió a seguir los ejemplos de estos santos anacoretas. Y como cerca de Roma había un lugar desértico, un buen día, en vez de tomar el camino acostumbrado para asistir a las clases, torció el paso, y por la Vía Nomentana se encaminó a Tívoli. Le siguió su nodriza, que no se resignaba a dejarle solo, y juntos llegaron a un pueblo llamado Enfide. En este lugar vivió en una colonia de ascetas, pero no permaneció mucho tiempo. El motivo fue un milagro que hizo para consolar a Cirila, que le obligó a huir en secreto, pues no quería pasar por santo. Quizás también influyó en su decisión algunos desengaños, al ver que esas comunidades de ascetas no dejaban de presentar ciertos defectos, pues aquellos eremitas que moraban de dos en dos, o de tres en tres, en sus propias casas, no practicaban regla alguna y vivían a su gusto.
Después de abandonar Enfide y de recorrer una distancia de unos diez kilómetros, Benito encontró el palacio ruinoso de Nerón, junto a un lago artificial formado por las aguas del Anio. Allí, en las rocas que dominan el paisaje, descubrió una gruta que consideró adecuada para vivir, y que había de ser su morada durante tres años. Aquel lugar, situado a unos 65 kilómetros de Roma, era el monte Subiaco. Este paraje tan pintoresco había atraído tiempo atrás a los amantes de la soledad, y en el valle se habían instalado bastantes ermitaños que vivían en cabañas. Un día, Benito conoció a uno de estos ermitaños, llamado Román, que había de formarle en los principios de la vida monástica; después de imponerle el hábito y la tonsura, se encargó de instruirle en las cosas del espíritu y de proporcionarle regularmente algún alimento.

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Oculto en la cueva, y bajo la dirección del anacoreta Román, Benito se entregó a la vida de penitencia y trató a Dios a la manera de los ermitaños. Él era consciente que para hacer una buena oración era preciso alcanzar, con un esfuerzo continuado, un hábito de recogimiento que protegiera de las distracciones. Sin embargo, no obtuvo la paz de espíritu que esperaba, pues las imágenes del mundo que había abandonado le seguían atormentando. En una ocasión, el demonio fue quien directamente intentó hacerle desistir de sus propósitos de santidad, sugiriéndole una fuerte tentación carnal que consiguió vencer arrojándose sobre un matorral de zarzas y ortigas para revolcarse en él.

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Tres años hacía que Benito llevaba esta vida de retiro y penitencia cuando fue descubierto por unos pastores. Aprovechó la oportunidad para hablarles de Dios, y bastantes de aquellos hombres pasaron de una vida animal a una vida piadosa, bajo el influjo de su palabra que vibraba de modo ardiente al tratar de temas relacionados con la vida cristiana. A partir de este momento, comenzó a cundir la fama de su santidad, haciéndose famoso su nombre en los alrededores, y la concurrencia a la cueva era cada vez mayor, y se le fueron juntando algunos discípulos.

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Los monjes del vecino monasterio de Vicovaro, situado entre Subiaco y Tívoli, le suplicaron que tomara su dirección. Benito, muy a disgusto, asintió a sus ruegos y fue nombrado abad. Desde el primer momento trató de introducir el rigor y la observancia regular en el monasterio. La conducta y la firmeza del abad no agradaron a los monjes que llevaban una vida muy relajada, provocando graves murmuraciones. Para deshacerse de su abad, aquellos monjes decidieron poner veneno en el vino que Benito había de tomar durante la comida. Cuando éste bendijo los alimentos haciendo la señal de la cruz sobre la mesa, la vasija que contenía el vino envenenado milagrosamente se rompió y quedó hecha añicos. Comprendió enseguida el santo abad que aquel recipiente debía de contener una bebida de muerte porque no había podido soportar la señal de la vida.
Ante estos hechos, Benito vuelve de nuevo a su cueva de Subiaco; mas no pudo permanecer mucho tiempo en solitario. La noticia de su vida santa llegó hasta Roma, causando honda impresión. Roma no había olvidado a Benito, aquel joven distinguido de la familia de los Anicio, que de la noche a la mañana había desaparecido de su seno. Después de algunos años de silencio hacía oír su voz, precedido de la aureola de la virtud y del don de milagros. Y pronto se ve rodeado de nuevo de discípulos.
Un día Benito estuvo dialogando sobre las dificultades de la oración con un labriego. Éste se vanagloriaba de que jamás se distraía al rezar. Amigo mío -le dijo Benito-, crees que la oración es fácil, ¿verdad? Si rezas el Padrenuestro sin distraerte te daré este caballo en que voy montado. Apenas había comenzado aquel campesino a recitar en voz alta la oración que Nuestro Señor enseñó a sus apóstoles, cuando dijo: ¿Y también la silla y las bridas? Y la respuesta fue contundente: Nada; porque ya te has distraído.

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Primeros monasterios benedictinos

Las familias más nobles  y distinguidas de Roma acuden a visitarlo y le confían sus hijos para que les educase en la ley de Dios. El patricio Equicius le entrega a su hijo Mauro y Tértulo hace lo mismo con el suyo, Plácido, que habían de ser los predilectos de Benito y primicias de la Orden benedictina. Ambos también llegaron a la santidad. En el año 520, con los discípulos que iban llegando pudo formar 12 monasterios con 12 monjes cada uno. Esta organización nueva en la historia del monaquismo era un término medio entre las grandes agrupaciones de monjes de san Pacomio y los pequeños grupos de eremitas de San Antonio Abad. Los monjes obedecían al superior de su monasterio, y todos, al Padre venerado, Benito. Éste fue el germen de la familia de los benedictinos.
Pero no todo fueron triunfos. El Señor quería probar más la virtud de Benito. La fama de santidad de que gozaba y la gran afluencia de discípulos y admiradores excitó la hostilidad de un presbítero vecino, de nombre Florencio, que, envidioso de los trabajos y frutos del santo de Nursia, intentó corromper la virtud de los discípulos y, además, envenenar a Benito.

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 Para ello, decidió obsequiarle con un pan envenenado. A la hora de la comida bajaba todos los días un cuervo a tomar pan de la mano de Benito, pero en aquella ocasión el cuervo no quiso tomar el pan. Sospechando Benito cuál era la razón de ese rechazo, ordenó al cuervo: En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, toma este pan y arrójalo a un lugar que no pueda ser hallado por ningún hombre. El cuervo hizo al principio un poco de asco, pero luego cogió el pan con el pico y se lo llevó. Transcurrido un intervalo de tres horas volvió el cuervo después de haber arrojado el pan y recibió de las manos de Benito el alimento, como solía.



Esto le decidió dejar aquellos parajes, verdadera cuna de la Orden por él fundada. Acompañado por Mauro y Plácido y varios otros discípulos que quisieron seguirle, tomó el camino del sur por la Vía Latina para llegar a un lugar entre Roma y Nápoles donde le habían ofrecido unos terrenos. Este sitio era Casino, donde otrora los principales personajes de la República romana tenían sus villas, como Marco Antonio y Catón. En el monte que domina el pueblo, Benito encontró restos de idolatría. Y enseguida se puso a evangelizar a los paganos que  habitaban en la región, convirtiéndolos a la fe de Cristo. Además, derribó un templo dedicado a Apolo que se levantaba en la cumbre del monte.
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Montecasino
Sobre las ruinas del templo pagano, Benito levantó un monasterio -el de Montecasino– que había de ser la casa madre de los benedictinos. Los principios de este monasterio tuvieron lugar el año 529. Desde este momento, el patriarca por antonomasia de los monjes de Occidente, que contaba cuarenta y nueve años de edad, se entregó de lleno a la vida monástica y a la dirección de los discípulos que iban afluyendo de todas partes. Poco a poco se fue desarrollando y adquiriendo gran renombre aquel centro de vida religiosa.
San Gregorio I Magno, en las páginas de la biografía de san Benito, nos ha descrito cómo se desarrollaba allí la vida monástica. Aparece Benito trabajando con sus monjes, sentado a la puerta del monasterio, orando aun por la noche, gobernando y dirigiendo a sus monjes, aliviando los sufrimientos de los pobres durante el hambre de aquellos tiempos calamitosos y recibiendo la visita de personajes ilustres, como la del rey Totila, al que anunció su muerte diez años antes que sucediera, después de echarle en cara sus excesos.
Interesante fue el encuentro entre el rey bárbaro y Benito. Aquél quería probar si el famoso monje tenía de verdad el don de profecía. Hizo llamar al que llevaba la espada delante de él, que se llamaba Rigo, y le vistió con las vestiduras de la realeza. Inmediatamente después le ordenó ir a ver a Benito haciéndose pasar por el Rey. Rigo, con gran séquito, como si él fuera el Rey, se encaminó al monasterio. Pero Benito, que veía las cosas desde lo alto, descubrió fácilmente el engaño, y le dijo al impostor: Quítate esos adornos, hijo, quítatelos, que no son tuyos. Poco después se presentó Totila en persona, y con pocas palabras hizo saber al Rey que tampoco contaban mucho los adornos, incluso sobre sus hombros.
En el año 533, el monasterio de Montecasino estaba ya suficientemente desarrollado y bien fundado, lo que le permitió mandar algunos discípulos suyos a Terracina, donde surgió otro monasterio. En los catorce años que aún vivió en la gran abadía benedictina, llegó a adquirir tal fama de santidad que de todas las naciones muchas personas acudían para visitarle y consultarle.
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Encuentro con Escolástica
San Benito no vio muy extendida su obra durante su vida. En cambio, después de su muerte, ocurrida el 21 de marzo de 543, la familia religiosa por él fundada se propagó por toda Europa en sus dos ramas, masculina y femenina, de manera prodigiosa.
La rama femenina de la Orden había sido establecida en un monasterio no lejos de Montecasino, a cuyo frente se había puesto a la hermana de san Benito, Escolástica.
San Gregorio I Magno en su biografía de san Benito recoge el último encuentro entre ambos hermanos: Escolástica, hermana de san Benito, consagrada a Dios desde su infancia, acostumbraba a visitar a su hermano una vez al año. El hombre de Dios acudía a ella y la recibía dentro de las posesiones del monasterio, no lejos de la puerta.

Un día vino como de costumbre, y su venerable hermano bajó hacia ella con algunos discípulos; pasaron todo el día en la alabanza de Dios y en santas conversaciones y, cuando ya empezaba a oscurecer, tomaron juntos el alimento.

En medio de santas conversaciones fue transcurriendo el tiempo, hasta que se hizo muy tarde, y entonces la santa monja suplicó a su hermano: “Te ruego que no me dejes esta noche, sino que hablemos de los gozos de la vida del cielo hasta mañana”. Él le respondió: “¿Qué es lo que dices, hermana? Yo no puedo en modo alguno quedarme fuera de la celda”. La santa monja, al oír la negativa de su hermano, puso sobre la mesa sus manos, con los dedos entrelazados, y escondió en ellas la cabeza, para rogar al Señor todopoderoso. Al levantar de nuevo la cabeza, se originó un temporal tan intenso de rayos, truenos y aguacero, que ni al venerable Benito ni a los hermanos que estaban con él les hubiera sido posible mover un solo pie del lugar en que se hallaban.

Entonces el hombre de Dios comenzó a quejarse contrariado: “Dios todopoderoso te perdone, hermana: ¿qué es lo que has hecho?” Ella respondió: “Ya ves, te he suplicado a ti, y no has querido escucharme; he suplicado a mi Dios, y me ha escuchado. Ahora, pues, sal, si puedes, déjame y vuelve al monasterio”. Y Benito, que no había querido quedarse por propia voluntad, tuvo que hacerlo por fuerza. De este modo, pasaron toda la noche en vela, recreándose en santas conversaciones sobre la vida espiritual. Y no es de extrañar que prevaleciera el deseo de aquella mujer, ya que, como dice san Juan, “Dios es amor”, y, por esto pudo más porque amó más.

Tres días más tarde, el hombre de Dios, estando en su celda, elevó los ojos al cielo y vio el alma de su hermana, libre ya de las ataduras del cuerpo, que penetraba, en forma de paloma, en las intimidades del cielo. Lleno de alegría por una gloria tan grande, dio gracias a Dios con himnos y alabanzas, y envió a sus hermanos para que trajesen su cuerpo al monasterio y lo enterraran en el mismo sepulcro que había preparado para sí mismo. De este modo, ni la misma sepultura pudo separar los cuerpos de aquellos cuya alma había estado siempre unida en Dios.

Un mes después de la muerte de su hermana, el 21 de marzo de 547, Benito moría santamente.

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La Regla de San Benito


Hay un hecho en la vida de Benito de Nursia que domina a todos los demás que hizo el Patriarca de los monjes de Occidente: la célebre Regula monachorum (la Regla de los monjes). Comenzó a escribirla en Subiaco y la terminó en Montecasino, después de haber sido vivida y practicada.
La Regla hizo de él el legislador de Occidente, pues desplazó a las otras ya existentes. Su éxito -fue por antonomasia la elegida por los monjes medievales- se debe a que se adaptaba a las condiciones de la vida occidental y a los postulados de tiempo y lugar. En ella se evitaba la excesiva rigidez de otras Reglas -como eran la de san Pacomio, la de san Basilio y la de Casiano, y otras más-, sin caer en la debilidad, falta de precisión y energía en las prescripciones típicamente monásticas. Era un término medio de moderación y sentido práctico, unido con el conocimiento profundo del alma humana, que da cierta libertad a cada uno, pero conserva la más estricta vida común, típica del cenobio.
La Regla consta de un prólogo y 73 capítulos, cuyo contenido puede clasificarse en cuatro puntos: un código moral, que señala tres deberes principalmente: abnegación de sí mismo, obediencia y trabajo; un código litúrgico, que organiza el oficio divino, al que no se debe anteponer nada porque es servicio de Dios; un código disciplinar, en el que introduce la gran innovación del voto de estabilidad, que constituye al monasterio en una familia, en el que suprime las grandes austeridades corporales de las reglas anteriores y no impone otra norma que la de evitar la gula y el exceso; y un código político, en el que establece una autoridad absoluta, permanente y electiva, que se llama abad.
Como el objeto de la vida del monje es separarse del mundo y servir sólo a Dios, Benito establece en su Regla el principio fundamental de la conversión, que lo concreta en la renuncia a los bienes materiales, al mismo cuerpo y a la voluntad propia. Renuncia que se hace al profesar los votos de pobreza, castidad y obediencia, que debe ejercitarse con verdadera humildad.
También se recomienda el silencio que es necesario para una mejor disposición para el trato con Dios, ya que la oración y la contemplación deben ser la ocupación primordial del monje. Y especialmente se insiste en la oración litúrgica, es decir, el rezo del oficio divino y todo lo que se refiere al culto público. Además, la Regla establece el principio Ora et labora, que rige el trabajo de los monjes. Éstos deben ocuparse en trabajos manuales o intelectuales, pero siempre subordinándolos a lo que es esencial, la vida contemplativa.
Por lo que respecta a las mortificaciones, san Benito no prescribe penitencias rigurosas, sino que deja al arbitrio y fervor de cada uno las prácticas de mortificación que Dios le pida.
Para la organización de los monasterios, la Regla habla de la conveniencia que de estén en lugares solitarios y que se observe la estricta clausura, para que todo esto contribuya al recogimiento y al culto divino.

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Personalidad
San Benito tenía una fuerte personalidad que refleja su fisonomía. Era serio, reflexivo, aventajado en su juicio por encima de sus años. Este carácter se traducía al exterior en un rostro sereno, apacible y grave. Este modo de ser hace que repruebe con energía las chanzas y chocarrerías, la risa inmoderada y estrepitosa y las palabras ociosas; que aborreciese la frivolidad y el desorden de sus compañeros de estudio, que en el  gobierno de sus monjes se muestre un hombre de autoridad, autoridad que a veces se reviste de cierta dureza propia de la época en que vivió. Sin embargo, al lado de esa autoridad y gravedad, se descubre en él la bondad y la comprensión, lo cual le llevó a mitigar en gran parte las austeridades de las Reglas anteriores.
Su inteligencia era más bien práctica, metódica; su voluntad firme, inquebrantable, que le lleva a resoluciones radicales. En el orden sobrenatural, su característica, lo que orienta toda su vida, es la virtud de la religión. Es ante todo un hombre de Dios. Para Benito, Dios lo es todo; si deja el mundo es para agradar a Dios: funda un monasterio para que sea una escuela de servicio divino; su ocupación preferente es la alabanza divina; amonesta al maestro de novicios que se informe con cuidado si sus discípulos buscan a Dios sinceramente, quiere que sus monjes obren en todo para gloria de Dios. Su único deseo es que en todo sea Dios glorificado. Y da como lema a sus discípulos: no anteponer nada al amor de Dios."
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Benito piensa en una «regla monástica» no pretende componer un tratado de teología, ni un ritual litúrgico, ni manual de homilética. Así mismo, su cristología no es una enseñanza teológica organizada sino una forma de referirse y presentar por medio de referencias cristológicas pertenecientes a la piedad del siglo IV, a la Sagrada Escritura, sobre todo por medio de los salmos.
 Hemos visto cómo las condiciones socio-culturales determinan y limitan la teología y cristología de cada época en la cual han sido elaboradas. Así, por ejemplo, en los inicios de la Iglesia predominó la cristología de los mártires, luego cuando el cristianismo fue aprobado como religión oficial del imperio, y en medio de la lucha antiarriana surgió la piedad cristológica imperial. 
 La crítica histórica nos permite comprender las razones por las cuales San Benito emplea determinadas maneras de acercarse y expresar el misterio de Cristo. En el capítulo primero de este trabajo monográfico, hacía una aproximación al contexto político, económico y social del Imperio; el cual durante la segunda mitad del siglo VI se verá configurado por dos realidades que influirán en la comprensión cristológica de Benito:

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 visión muy completa de la vida monástica y la atención a todos sus elementos de una manera completa y metódica. San Benito debe a la Regla del Maestro «toda su parte espiritual, reproducida casi literalmente, así como también el diseño general de toda su parte legislativa y de cierto número de prescripciones particulares, más o menos reelaboradas. Dependencia tan notoria - según A. de Vogüé- nos lleva a conceder al Maestro «un papel clave en la formación del monacato occidental».


Cristología de comunión de la fe.
 Benito de Nursia empieza en el prólogo de la Regla invitando al lector a la escucha, y, haciendo referencia a una antigua catequesis bautismal, exhorta a que por medio de la obediencia vuelva a Dios, del que se había alejado por la desobediencia.
 Para emprender el retorno, quien busca acercarse a Dios y a los hermanos ha de saber que el camino empieza por la decisión de renunciar a sus voluntades «quisquis abrenuntians propriis voluntatibus» para servir al verdadero rey,  Cristo el Señor «Domino Christo vero Regimilitaturus». Desde el comienzo Benito no solo se abstiene de dar a Cristo el nombre que llevó en la historia, sino que se abstiene de toda referencia que lleve al recuerdo de su naturaleza humana: no para suprimirla, ciertamente, sino para hacer énfasis en su naturaleza divina.

                                           
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Casiano y Evagrio; de quienes Benito toma referencias para su Regla de monjes con una finalidad práctica.
 En efecto, «A Dios hay que buscarlo y encontrarlo en Cristo. Él es quien quiere dárnoslo a conocer y solo en él podremos satisfacer esa suprema necesidad humana de ver a Dios y vivir en plenitud». Benito de Nursia hizo realidad en su vida la invitación que dirige a todo cristiano de fundamentar su fe en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre.
 «El discípulo, guiado por Benito es entrañado en Cristo. Señor, Rey, Maestro, Padre, Pastor, Médico, Dios del monasterio y de cada uno de sus miembros», para el padre del monacato occidental, Cristo está presente en todas partes, en el corazón mismo de la espiritualidad benedictina, que es comunión entre los que se acercan a ella. Por la fe, los monjes lo respetan en la persona del abad (RB 2,2), lo sirven en los enfermos (RB 36,1), lo atienden en los huéspedes y peregrinos que acogen en el monasterio (RB 53, 1. 7. 15), militan bajo su estandarte (Pról. 3); en la renuncia a la propia voluntad lo imitan (RB 7, 32) también en su obediencia hasta la muerte (RB 7, 34); el cristiano está llamado a participar con paciencia en los sufrimientos de Cristo, para poder compartir con él también su reino, sin anteponer nada a su amor (RB 4, 21) soportando por Cristo Señor toda adversidad (RB 7, 36).

 Igual dignidad de las personas en Cristo.


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 La Regla insiste reiteradamente en el señorío de Cristo verdadero Rey para crear una comunidad de hermanos en donde no haya clases ni estratos  en la que todos participen de la humanidad y dignidad de hijos de Dios. Una comunidad donde la única diferencia que Benito reconoce entre sus hermanos la ha dado la misma naturaleza en los talentos que cada miembro de la familia humana posee. «Algunos son hombres de negocios y otros no; algunos son músicos y otros no; algunos son líderes y

otros no. Cada uno debe colocar sus talentos personales al servicio de los demás sin que por ello se sitúe por encima de los demás.
 Cada familia humana necesita la figura de un padre que haciendo las veces de Cristo Buen Pastor, la congregue en la caridad y estimule; consuele y acompañe a cada uno de los miembros que la conforman. Como Cristo, el abad deberá ser solícito en el cuidado maternal de los hermanos, especialmente los más débiles y pusilánimes.
 Por el señorío universal de Cristo todos sus discípulos son iguales, por ello, Benito exhorta al abad del monasterio a no «hacer discriminación de personas, ni amar a uno más que a otro… que no posponga al esclavo que ha entrado al monasterio, por el hombre libre …» porque , «tanto esclavos como libres, todos son en Cristo una sola cosa» y bajo un mismo Señor todos cumplen un mismo servicio, «pues Dios no tiene favoritismos»formamos un solo Cuerpo en Cristo, y servimos al mismo Señor. Deberá tener, por tanto, igual caridad para con todos y a todos aplicar la misma norma siendo consciente de las capacidades de cada uno.
 Benito rechaza las estructuras sociales que para sus contemporáneos eran normales e inevitables, no solo las rechaza, sino que las invierte estableciendo un orden comunitario constituido no por la educación de cada persona, ni las riquezas que posea o su status social, sino simplemente según el momento que han venido a Cristo. Así también lo establece para los sacerdotes que quieran hacer parte de la familia monástica, pues Benito no trata de crear un sistema clerical, sino una comunidad humana. Si acuden sacerdotes y piden ser recibidos, «no se les acepte demasiado pronto», advierte, y de hecho hace algunas restricciones a su admisión: ni rango elevado, ni especial atención, ni sitio, ni cargo que lo sitúe en la jerarquía del monasterio.
 En el modelo social propuesto por Benito de Nursia los pastores de la zona de Subiaco, nobles y religiosos de Roma, hijos de aristócratas confiados a él, godos que

                                                             piden ser admitidos en la familia monástica, laicos que le visitan, el Rey de los godos, Totila, el diácono Servando, quien había sido prefecto del pretorio en las Galias durante el reinado de Teodorico y Atalarico antes de entrar en el monasterio y el mismo Benito, nacido en la aristocracia provinciana de Nursia, hallan en el monasterio un espacio de convivencia, solidaridad y de encuentro entre personas venidas de las diversas clases en la que todos tomarán parte en la vida de la comunidad. 

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 Por esta razón cuando en la comunidad haya que tratar asuntos de importancia, todos deben ser llamados a consejo; en el cual, el abad expondrá el asunto que se ha de tratar. Benito tiene presente que en esta reunión  deben participar también los más jóvenes, porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor.
En el nuevo modelo social benedictino todos los miembros contribuyen en la toma de decisiones. Benito rechaza la soberbia tiránica de los mayores de constituirse  portadores de la madurez, la sabiduría y experiencia, para dar voz y voto a los jóvenes que mejor conocen las necesidades de su tiempo; claro está que también Benito invita a estos últimos a estar atentos a toda actitud que lleve a la rebeldía.  Si en muchas familias  monásticas viviéramos este capítulo de la Regla, seríamos comunidades constantemente renovadas y no congeladas en el tiempo.
 Para que no haya categorías en el monasterio, en el capítulo 33 de la Regla, Benito condena toda apropiación desmesurada de la propiedad privada: «En el monasterio se ha de cortar radicalmente este vicio. Que nadie se permita dar o recibir cosa alguna sin mandato del abad, ni tener en propiedad nada absolutamente… Todo lo necesario deben esperarlo de la madre o el padre del monasterio, y no les está permitido tener nada que el abad no les haya dado o concedido». Benito se preocupa del desarrollo de la libertad personal y la preservación de la comunidad de hermanos; ambas dimensiones afectadas por la propiedad privada.
                                                             

San Benito era muy conocido por su trato amable y por sus sacrificios. Se levantaba de madrugada a rezar los salmos, oraba y meditaba por varias horas, ayunaba diariamente y acudía a los pueblos a predicar.  El Santo veía el trabajo como algo honroso que llevaba a la santidad.

De igual modo consolaba a los tristes, curaba a los enfermos, daba limosnas y alimento a los necesitados y se dice que en algunas ocasiones “resucitó” a los muertos con la ayuda de Dios.
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Su amor y fuerza los encontró en Cristo crucificado y, como exorcista, sometía a los espíritus malignos con la famosa “cruz de San Benito”.

El Santo predijo la fecha de su muerte que aconteció el 21 de marzo del 547, a pocos días de que falleciera su hermana Santa Escolástica. Murió de pie en la capilla con las manos levantadas al cielo. "Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo", fueron sus últimas palabras
A finales del Siglo VIII en numerosos lugares se empezó a celebrar su fiesta el 11 de julio.